El “Punto Cero” de una edición digital

Recuerdo asistir hace muchos años a una mesa redonda de fotógrafos donde se analizaba el por aquel entonces incipiente mundo de la fotografía digital. Era un foro de fotógrafos profesionales de los medios y la publicidad, y en ese momento se discutía sobre las nuevas maneras de llevar las fotografías a su estadio final, es decir, la imagen impresa. Uno de los fotógrafos esgrimió una diapositiva (una diapositiva, ¿recuerdan lo que es?). Con mucha razón afirmaba que él durante muchos años había trabajado en la seguridad de que sus fotografías tenían siempre un “Punto Cero”. La diapositiva era su “Punto Cero”, es decir, la imagen definitiva, correcta, el modelo sobre el que el impresor debía trabajar para lograr una reproducción exacta. La imagen tomada directamente con un sensor digital había perdido estePunto Cero. Un archivo fotográfico digital visto en una pantalla era sólamente una interpretación de esa imagen, y por tanto en cada pantalla se vería una interpretación distinta. Hablamos de un momento en el que apenas se esbozaban las pantallas calibradas, los perfiles, los nuevos workflow de tratamientos de imagen. En aquel momento aquel fotógrafo tenía razón. Si alguien quería saber cómo era la fotografía buena había que irse al Punto Cero, a la diapositiva. Una vez metidos en digital todo eran interpretaciones, y los resultados finales de la impresión podían ser cualquier cosa.

Muchos años después, me quiere parecer que hay una situación similar con las publicaciones digitales. ¿Cuál es el “Punto Cero” de una creación literaria, por ejemplo? ¿O de un trabajo científico, universitario, de un libro técnico? Se puede contestar que el “Punto Cero”, la obra terminada tal cual ha sido escrita es el libro impreso, el objeto-libro ya acabado, corregido, diseñado, impreso y puesto en las manos del lector. Independientemente de futuras correcciones y nuevas ediciones, ese libro es el libro.

Bien, pero ¿y si no hay –ni tiene previsto haber– libro?

Si mi escrito es un ensayo, un trabajo universitario, un blog… documentos digitales que tal vez nunca sean un libro, porque entre otras cosas no están pensados para que lo sean, entonces ¿cuál es el “Punto Cero”?

Me atrevo a aventurar que en la inmensa mayoría de los casos esta obra digital finalizada es un archivo informático creado en Microsoft Word o similar. Es decir, una hoja en DINA4 escrita. Tal vez su autor se haya molestado en imprimirla, y él puede pensar que esa es su obra acabada, pero en la mayoría de los casos su obra será enviada a otros directamente como archivo informático (por email, mismamente) y entonces su “Punto Cero” circulará al margen de la copia impresa. La copia impresa no nos vale como “Punto Cero”.

Entoces alguien dirá: “solución fácil: hagamos un pdf”. Cierto. Si yo hago un pdf hago que mi documento Word no pueda ser modificado por el camino. Mi pdf es mi Punto Cero. Todo lo que circule por ahí será exactamente igual a mi pdf, todo se replicará a partir de él, esa es la referencia principal del documento digital.

Y aquí quería yo llegar.

No, el pdf NO es un libro digital. Es un formato de conveniencia con muchas ventajas, como el hecho de que se pueda enviar al maremagnum de internet sin que pueda ser modificado (salvo por manos expertas, porque poder, se puede modificar). Pero aunque tiene la ventaja de operar como “Punto Cero” de una publicación, puede sucederle un pequeño detalle: tal vez no se pueda leer. O mejor dicho, no se pueda leer bien. No se pueda tener con él una experiencia de lectura como la que se tendría con un libro. ¿Han leído ustedes un pdf de 300 páginas en un ordenador, en una tableta. Hagan la prueba, o mejor, no la hagan por el bien de sus ojos.

Un pdf está atado y bien atado al formato original del archivo en el que fue escrito, el famoso DINA4 de Word. Y el DINA4 de Word es DINA4 para que sea fácil de imprimir en impresoras DINA4. No está pensado para ser leído en pantallas, no es una buena base para hacer una publicación digital que se leerá, sí o sí, en una pantalla. Tenemos un “Punto Cero”, pero no es un buen Punto Cero en el mundo de la lectura digital.

Y así estamos. Hay miles, decenas de miles de personas por ahí lanzando sus e-books en pdf y diciendo que eso es un libro electrónico, o sea, un e-book. Un e-book imposible de leer en una pantalla pequeña (un iPad mini, por ejemplo, o cualquier e-reader). Todos esos pdfs, si sus autores quieren que perduren en el ecosistema digital, si quieren que sean leídos, tendrán que ser traducidos en el futuro a otro formato (puede que ni siquiera sirvan para hacer publicaciones impresas a partir de ellos, no todos los pdfs valen para eso).

Pero ¿a qué formato? ¿Qué tecnología me permite escribir una serie de contenidos, los que sean, y que yo pueda crear un archivo final, un “Punto Cero” a partir del cual yo pueda hacer lo que quiera (mandar a imprimir, enviar a una tableta, un e-reader…) sin que se desvirtúen los contenidos, sus enlaces, sus formatos, sus notas al pie, sus ilustraciones…? ¿Que sea compatible con todo, legible por todos, que permita una experiencia de lectura similar a la de un libro, que me permita hacer anotaciones, extractos, guardarlo, prestarlo…?

Pues…  tal vez eso no exista aún. Tal vez, incluso, el estado de la tecnología no permita que esta situación exista. Y es raro, porque la demanda sí existe, la reflexión que yo me hago aquí se la hace mucha gente en muchos sitios. Seguiremos buscando, a ver.

 

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